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La mierda de vaca más interesante que verás hoy (y lo que dice sobre el medio ambiente)

Actualizado: 15 nov 2025


El otro día, Adelardo estaba desmigajando una boñiga en medio del prado. Literalmente, con las manos, separando el estiércol para mostrarle a un visitante las larvas y los escarabajos que había dentro. "Mira", le dijo, "esto es vida. Esto alimenta pájaros, fertiliza el suelo, mantiene todo el ciclo funcionando". El visitante, que venía de la ciudad, nos miró como si estuviéramos locos. Pero Adelardo tenía razón: esa boñiga cuenta mucho más sobre sostenibilidad que mil discursos.

Cuando la gente piensa en ganadería y medio ambiente, suele pensar en problemas: metano, contaminación, deforestación. Y tienen razón... si hablamos de ganadería intensiva. Pero la ganadería de pasto bien gestionada es otra historia completamente diferente. Es más: puede ser parte de la solución.


El suelo que captura carbono

Aquí va un dato que sorprende a casi todo el mundo: nuestros prados con ganado pastando pueden capturar más carbono de la atmósfera que los bosques. Sí, has leído bien. Más que los bosques.

Un estudio de la Universidad Estatal de Iowa comparó diferentes usos del suelo y encontró que los pastos con pastoreo controlado almacenaban entre 2 y 3 veces más carbono en el suelo que los pastos segados para heno o que simplemente no se usaban. ¿Por qué? Porque el pastoreo estimula el crecimiento de las raíces, y las raíces almacenan carbono bajo tierra donde permanece durante décadas.

Los prados navarros como los nuestros tienen más de 40 toneladas de carbono por hectárea almacenadas en el suelo. Los campos de cultivo de maíz y soja, esos que se usan para hacer piensos, tienen unas 26 toneladas. La diferencia es brutal.

Cada vez que nuestras Galloways pastan, sus pezuñas airean el suelo, sus dientes estimulan el rebrote de la hierba (que crece con más vigor después del pastoreo), y sus excrementos fertilizan todo naturalmente. Es un ciclo cerrado que funciona desde hace millones de años.


Este es el tipo de praderas que nuestras vacas Galloway "mantienen"
Este es el tipo de praderas que nuestras vacas Galloway "mantienen"

Las vacas bomberas (en serio)

En 2022 hubo un incendio forestal justo al lado de donde pastan nuestras vacas. Los bomberos trabajaron duro para controlarlo, y lo consiguieron. Pero después nos contaron algo interesante: les había sido mucho más fácil defender la zona donde habían estado pastando las Galloways. "Había mucha menos biomasa vegetal", nos dijeron. "Menos combustible para el fuego".

No bromeaban. Ahora en algunos sitios les llaman "vacas bomberas" a los rebaños que hacen este trabajo de prevención. En zonas de clima mediterráneo y atlántico como Navarra, el pastoreo controlado es una de las mejores herramientas para reducir el riesgo de incendios. Nuestras vacas hacen un trabajo que, de otra forma, habría que hacer con desbrozadoras consumiendo gasoil. Y lo hacen fertilizando al mismo tiempo.

Después de aquel incendio, empezamos a hablar más con los responsables de gestión forestal de la zona. Ahora entienden que las vacas no son un problema paisajístico: son parte de la solución. Prevención de incendios que pasta, rumia y además produce carne de calidad.


El metano: sí, pero...

Vale, nuestras vacas eructan metano. Es cierto. No lo vamos a negar. Pero aquí está el truco: cuando comparas el sistema completo, la ganadería de pasto sale ganando.

Un estudio publicado en 2018 comparó el impacto climático de engordar vacas en cebadero con pienso versus criarlas en pasto con pastoreo rotacional. Sí, las de pasto tardan más tiempo y producen más metano en total. Pero el carbono que capturan los pastos compensa de sobra ese metano extra. El balance neto es positivo.

En cambio, los cebaderos son puro impacto negativo: emisiones de metano, emisiones de la producción de piensos (con todos sus fertilizantes sintéticos, pesticidas, maquinaria pesada), transporte de grano desde otros continentes... Y cero captura de carbono, porque no hay ni una brizna de hierba viva.

Además, hemos aprendido que el tipo de pasto importa. Investigaciones en Reino Unido demostraron que las vacas que pastan hierbas con alto contenido en azúcares naturales producen hasta un 20% menos de metano. No porque les demos nada raro: simplemente porque digieren mejor y aprovechan más eficientemente los nutrientes.


El ciclo del estiércol (o por qué a Adelardo le fascinan las boñigas)

Volvamos a esa boñiga que Adelardo estaba desmigajando. En un cebadero, el estiércol es un problema: se acumula en balsas, contamina acuíferos, huele a kilómetros, libera amoníaco a la atmósfera. Hay que gestionarlo, transportarlo, y rara vez se hace bien.

En nuestros prados, cada boñiga es un pequeño ecosistema. Se deposita de forma natural, distribuida por toda la superficie. En pocas horas llegan las moscas, ponen huevos, salen larvas. Esas larvas alimentan a los pájaros. Los escarabajos peloteros entierran parte del estiércol, aireando el suelo. Los hongos y bacterias descomponen el resto, devolviendo nitrógeno, fósforo y otros nutrientes al suelo de forma gradual.

Un estudio del USDA comparó la contaminación por nitratos del agua subterránea en diferentes sistemas. Los prados con pastoreo rotacional tenían niveles de contaminación similares a los de los bosques: prácticamente nulos. Los cultivos intensivos de maíz y soja para piensos, en cambio, generaban niveles altísimos.

Nosotros no tenemos "problema de purines". Tenemos un ciclo natural que funciona.


Menos erosión, más vida

Actualmente, Estados Unidos pierde 3.000 millones de toneladas de suelo fértil cada año. Un estudio de la Universidad de Wisconsin comparó la erosión del suelo en tierras dedicadas a cultivos de maíz y soja con tierras de pastoreo. Los cultivos perdían 6 veces más suelo cada año.

Nuestros prados están cubiertos de vegetación todo el año. Las raíces sujetan el suelo, las hojas protegen de la lluvia, la materia orgánica absorbe el agua. Prácticamente no hay erosión. Y cada año el suelo mejora: más lombrices, más microorganismos, más fertilidad natural.

Un estudio en Minnesota comparó suelos de granjas de pastoreo con suelos de granjas vecinas de cultivo. Después de cuatro años, los prados tenían un 53% más de estabilidad del suelo, un 131% más de lombrices, menos contaminación de acuíferos y mejor calidad del agua de los arroyos.


No necesitamos combustibles fósiles

Pensad en todo lo que hace falta para producir pienso: arar campos, plantar maíz, fumigar con pesticidas, cosechar con maquinaria pesada, secar el grano, transportarlo a fábricas, procesarlo, peletizarlo, transportarlo otra vez al cebadero... Cada paso consume combustibles fósiles.

Nuestras vacas cosechan su propio alimento caminando. No necesitan tractores, ni fertilizantes sintéticos, ni pesticidas, ni transporte de piensos. Según el Servicio de Conservación de Recursos Naturales del USDA, producir carne de pasto requiere solo 1 caloría de combustible fósil por cada 2 calorías de alimento producidas. Muchos cultivos de cereales y vegetales necesitan entre 5 y 10 calorías de combustible fósil por cada caloría de alimento.


Todo está conectado

Esa boñiga que Adelardo desmigajaba no es solo fertilizante. Es el símbolo de un sistema que funciona: las vacas comen hierba, la hierba captura carbono, las vacas fertilizan el suelo, el suelo se hace más rico, la hierba crece mejor, alimenta más pájaros e insectos, previene incendios, retiene agua, reduce erosión...

No es perfecto. Ningún sistema lo es. Pero es infinitamente mejor que la alternativa industrial. Y cada año que pasa, vemos cómo nuestros prados están más vivos, más verdes, más diversos.

Eso no tiene precio. Bueno, sí: tiene el precio que cuesta la carne. Pero es un precio honesto.

 
 
 

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